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domingo, 5 de diciembre de 2010

La crisis de los controladores: A vueltas con el salario justo

Uno de los principales motivos de ataque y deslegitimación de los controladores aéreos es la cuantía de su sueldo. Las preguntas que subyacen en el fondo de este debate son las siguientes: ¿Es justo que alguien cobre estas cantidades cuando la mayoría cobra muchísimo menos e incluso existen casi cinco millones de parados?, ¿quién decide lo que debe cobrar un trabajador o una empresa por entregarnos un bien determinado?

En anteriores entradas este tema ya lo he tratado y es un aspecto fundamental de la teoría económica. Ya los escolásticos de la Escuela de Salamanca trataban los salarios entendidos como un tema de justicia conmutativa. De esta forma, seguían el razonamiento planteado por Santo Tomás de Aquino en su Summa Teológica (I-II q. 114 art. 4) (1). Asimismo, afirmaban que el importe de los salarios debía considerarse de la misma forma que se considera el precio de los bienes que se intercambiaban en el mercado, el cual se obtenía por la estimación común siempre que no existiera fraude en el intercambio. Este planteamiento fue luego formalmente enunciado por Carl Menger mediante la llamada ley de utilidad marginal, que viene en esencia a decirnos que el valor de los bienes es algo subjetivo y depende de la satisfacción de una necesidad de un individuo concreto, disminuyendo a medida que se incrementa la cantidad de ese bien.

Por otra parte, tampoco debemos olvidar que la cuantía del salario debe respetar la dignidad del trabajador. Muchos pensarán que la única manera de cumplir con este principio es la fijación de un salario mínimo. Sin embargo, aunque pudiera resultar paradójico, la dignidad del trabajador se respeta de forma más perfecta cuando no abandonamos el respeto a la propia libertad de las partes, entendida ésta sobre todo por el respeto a la propiedad privada. Por último, no olvidemos que el valor de los salarios depende también, como decía Pío XI (2) de las “condiciones de la empresa”, que en lenguaje técnico deberíamos enunciarlo diciendo que el importe de los salario dependerá de la productividad marginal del trabajo.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, no puede aceptarse que la mayoría de las personas consideren los salarios de un controlador aéreo desde un punto de vista de justicia distributiva, negando asimismo la fijación de los mismos por los elementos que hemos considerado. Solamente se atiende a la comparación con el salario medio de los trabajadores. El Gobierno ha explotado muy eficazmente este planteamiento emotivo, tildándolos de privilegiados, olvidando que no existe en este país nadie más privilegiado que la clase política como colectivo. Este planteamiento también podemos verlo en las televisiones. Es realmente curioso el diálogo que se establece al final de la entrevista a un controlador por parte de Susana Griso:

César Cabo (controlador): “yo creo que soy español, como el resto, y que tengo los mismos derechos”.
Susana Griso: “pero usted cobra mucho…por encima del resto, es consciente también de eso ¿no? en un momento de crisis son ustedes un sector privilegiado”.

Y digo que resulta curiosa la respuesta de la presentadora pues, como es sabido, en la actualidad su retribución en Antena 3 es de un millón de euros anuales, mucho más que la media que se dice cobraban los controladores aéreos. ¿Estaría Susana Griso dispuesta a aplicar a su sueldo el mismo criterio que exige a los controladores y, ya que estamos en un momento de crisis y también es una privilegiada, aceptaría una bajada significativa de sus retribuciones?¿Lo aceptaríamos cualquiera de nosotros?





(1) “1. La retribución se debe a las obras, según aquello de Mt 20,8: Llama a los obreros y dales su salario (…) 2. El Apóstol dice en 1 Cor 3,8: Cada uno recibirá su recompensa según su propio trabajo.”

(2) Quadragesimo Anno, 72: “Para fijar la cuantía del salario deben tenerse en cuanta también las condiciones de la empresa y del empresario, pues sería injusto exigir unos salarios tan elevados que, sin la ruina propia y la consiguiente de todos los obreros, la empresa no podría soportar. No debe, sin embargo, reputarse como causa justa para disminuir a los obreros el salario el escaso rédito de la empresa cuando esto sea debido a incapacidad o abandono o a la despreocupación por el progreso técnico y económico.”

miércoles, 21 de abril de 2010

Economía Austriaca en la Luna: El Mercado de Trabajo

Hace unas semanas publiqué una entrada presentando al economista Jesús del Amo. Inicialmente pensé que su intervención en televisión era puntual, pero he podido confirmar que es un participante habitual del programa "La Luna" que emite Teidevisión Canal 6 y presenta César Sar. En dicho programa explica conceptos económicos desde el punto de vista de la Teoría Austriaca de Económica.

Le comenté a Jesús si le parecía bien incluir su sección como una parte fija del blog y amablemente me ha dicho que sí. De esta manera, podremos ver a partir de hoy todas sus intervenciones. He decidido titular estas entradas "Economía Austriaca en la Luna", evidentemente con algo de sentido del humor y haciendo un juego de palabras. Espero que les guste tanto como a mí. Quizás algún día, también podamos ver como se aplica la Teoría Austriaca en nuestra Tierra. Hasta entonces, nos tendremos que conformar con dar a conocer sus conceptos.

En el programa de hoy, Jesús explica como funciona el Mercado de Trabajo. Como complemento a su centrada exposición, quisiera destacar unos aspectos. Para empezar, comentar que el salario, que es el precio del trabajo ofertado y realizado por el trabajador, se comporta igual que cualquier otro precio (ver enlace recomendado al final de la entrada). El trabajador ganará más o menos en función de la utilidad de su trabajo para el proceso productivo, igualándose su salario a su productividad (en otras ocasión podremos comentar el concepto de productividad marginal). Lo anterior va en contra de lo afirmado por la teoría marxista de la plusvalía, que nos decía que el empresario se quedaba con parte del valor del trabajo realizado por el trabajador. Así, sin entrar en demasiados razonamientos teóricos, es fácil ver que el trabajador no espera a la finalización del proceso productivo para recoger los frutos de su esfuerzo. En este sentido, el empresario adelanta el posible beneficio que conseguirá en el momento de la venta del producto terminado. Y lo hace asumiendo el riesgo de no obtener ninguna ganancia, sin reclamar al trabajador el salario pagado en el caso de no obtenerla o de no vender la mercancía. Es decir, que Marx fue incapaz de tener en cuenta un aspecto tan importante como el factor tiempo en el proceso productivo.

De igual manera, tal como afirma Jesús, el trabajador es libre de desear obtener los mismos beneficios que consigue el empresario que lo contrata. Evidentemente, fundando su propia empresa para poder obtenerlos.

Por último, ya desde el punto de vista de la Doctrina Social de la Iglesia, es necesario recordar que la relación que existe entre trabajador y empresario, y que se plasma en el contrato de trabajo, no debe entenderse como esencialmente mala. De esta forma, Pío XI expresaba en su encíclica Quadragesimo Anno (64) lo siguiente:

“Y, en primer lugar, quienes sostienen que el contrato de arriendo y alquiler de trabajo es de por sí injusto y que, por tanto, debe ser sustituido por el contrato de sociedad, afirman indudablemente una inexactitud y calumnian gravemente a nuestro predecesor, cuya encíclica no sólo admite el "salariado", sino que incluso se detiene largamente a explicarlo según las normas de la justicia que han de regirlo”

Negando además la validez del concepto marxista de plusvalía (68):

“Se equivocan de medio a medio, efectivamente, quienes no vacilan en divulgar el principio según el cual el valor del trabajo y su remuneración debe fijarse en lo que se tase el valor del fruto por él producido y que, por lo mismo, asiste al trabajo el derecho de reclamar todo aquello que ha sido producido por su trabajo, error que queda evidenciado sólo con lo que antes dijimos acerca del capital y del trabajo.”

Y sin añadir nada más, les dejo ya con la intervención de Jesús, que he tenido que dividir en dos partes debido a las limitaciones de YouTube.







Enlaces recomendados:
¿Cuanto vale Cristiano Ronaldo? - El Liberal Autodidacta

jueves, 18 de febrero de 2010

Ser propietarios, ser libres, ser felices

"El principio del destino universal de los bienes de la tierra está en la base del derecho universal al uso de los bienes. Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo: el principio del uso común de los bienes, es el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social» y «principio peculiar de la doctrina social cristiana». Por esta razón la Iglesia considera un deber precisar su naturaleza y sus características. Se trata ante todo de un derecho natural, inscrito en la naturaleza del hombre, y no sólo de un derecho positivo, ligado a la contingencia histórica; además este derecho es «originario». Es inherente a la persona concreta, a toda persona, y es prioritario respecto a cualquier intervención humana sobre los bienes, a cualquier ordenamiento jurídico de los mismos, a cualquier sistema y método socioeconómico: «Todos los demás derechos, sean los que sean, comprendidos en ellos los de propiedad y comercio libre, a ello [destino universal de los bienes] están subordinados: no deben estorbar, antes al contrario, facilitar su realización, y es un deber social grave y urgente hacerlos volver a su finalidad primera»" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 172)

El anterior párrafo supone en la mayoría de los casos un punto de desencuentro entre liberales y católicos. Temen los liberales que dicho principio abra las puertas al colectivismo y a la planificación. Por ello, me propongo a exponer la forma de compaginar dicho principio de la DSI con el concepto de propiedad privada, de fundamental importancia para un planteamiento liberal de la economía (Escuela Austriaca).

En primer lugar, he de indicar que para la DSI, el derecho de propiedad privada es un derecho natural secundario. Esto no significa que sea poco importante, sino que está subordinado a un derecho natural primario: aquel que afirma que todos lo hombres tienen derecho a disfrutar de los bienes de este mundo para conseguir mediante ellos, y no sólo mediante ellos, su desarrollo integral. Despreciar los bienes de este mundo por innecesarios sería una especie de “angelismo” ridículo. No en vano todos los cristianos pedimos a Dios que nos de el “pan nuestro de cada día”.

Se plantea ahora el problema de cómo cumplir de la mejor manera este derecho natural primario. Una de ellas sería delegar la responsabilidad a un “ente” externo al individuo. Dicha institución recibe en los casos que nos interesan el nombre de Estado. Sin embargo, ya Mises demostró hace mucho tiempo la imposibilidad económica del Socialismo. Pese a ello, algunas personas siguen pensando que lo que no ha solucionado una sociedad completamente socialista, lo hará una parcialmente socialista. La dificultad, que ya he comentado en este blog, es fijar el límite de intervención. Me temo que al igual que el anuncio del aperitivo, “cuando haces pop, ya no hay stop”. De todas formas, he leído algunas propuestas para intentar lograr la cuadratura del círculo, haciendo que sea el Estado, a través del ordenamiento jurídico, el que haga cumplir la obligación del destino universal de los bienes, pero ese tema será el asunto de una próxima entrada.

En esencia, cuando intentamos acudir a la planificación para conseguir que todos los hombres tengan acceso a los bienes de este mundo, aparece como efecto secundario la pérdida de la libertad. De esta forma, intentado hacer cumplir un derecho natural primario, conseguimos eliminar otro derecho natural aún más importante. No soy capaz de imaginar como planificar sin conseguir suprimir al final la libertad individual. Supongo que ese es el reto de aquellos que respetan la DSI y quieren llevar a efecto el principio del destino universal de los bienes a través de la intervención estatal.

Por el contrario, como católico liberal, he llegado a la conclusión que la única forma de cumplir el principio anterior es a través del desarrollo del derecho a la propiedad privada. La principal diferencia en este asunto entre un católico liberal y algunos otros liberales, es que el católico no considera la propiedad privada como un derecho absoluto. El planteamiento correcto para un católico liberal sería el siguiente: defender la propiedad privada para ser libres, ser libres para ser felices. Ese es el camino a seguir. Y de la misma forma que en otra ocasión he comentado que no puede convertirse la democracia en un fin en si misma, pues sólo es un medio para conseguir la libertad, tampoco podemos convertir la propiedad privada en un fin, ya que solamente es también un medio para conseguir la libertad y con ella la felicidad.

Hayek comprendía perfectamente la relación entre propiedad privada y libertad y la importancia de la primera, tal como los expresó en su libro “Camino de servidumbre”:

“Los valores económicos son menos importantes para nosotros que muchas otras cosas, precisamente porque en las cuestiones económicas tenemos libertad para decidir qué es para nosotros lo más y qué lo menos importante.”

“La libertad económica que es el requisito previo de cualquier otra libertad no puede ser la libertad frente a toda preocupación económica, como nos prometen los socialistas, que sólo podría obtenerse relevando al individuo de la necesidad y, a la vez, de la facultad de elegir; tiene que ser la libertad de nuestra actividad económica, que, con el derecho a elegir, acarrea inevitablemente el riesgo y la responsabilidad de este derecho.”



Viñeta publicada por Libertad Digital (© Cox & Forkum)

domingo, 29 de noviembre de 2009

Liberalismo y Magisterio de la Iglesia. El carácter del Magisterio

"Yo no creería en el Evangelio si no me impeliera a ello la autoridad de la Iglesia" (San Agustín. Contra epistolam Manichaei I 5,6)

En una anterior entrada expliqué cual es la relación entre Economía y Magisterio de la Iglesia. Llegué a la conclusión que dicho Magisterio debía servir de guía para decidir entre las distintas opciones que nos ofrecen las leyes económicas. Además, comenté que el fin último del Magisterio es la consecución de salvación, lo que para un católico significa la obtención de la felicidad, la cual comienza a experimentarse en este mundo y llega a su culmen en la Eternidad. Es por ello de suma importancia comprender el carácter del Magisterio ya que nos estamos jugando nuestra felicidad. De esta forma, podremos estudiar de forma segura y sin riesgo a un extravío, la no contradicción del Liberalismo Austriaco con el Magisterio de la Iglesia, y en concreto con su Doctrina Social. A fíjese que indico la no contradicción, porque no es mi intención, adhiriéndome así a lo afirmado por Gabriel Zanotti (1), convertir el liberalismo indicado en una especie de “teología de la liberación del otro lado”, en una herramienta de salvación, pues este papel, como ya he dicho, queda reservado al Magisterio. Así, al demostrar ésta no contradicción, podríamos considerar al Liberalismo Austriaco como un medio para conseguir el Bien Común, ayudando por lo tanto al desarrollo integral del ser humano, pero sin confundirlo con el Reino de Dios (2).

La primera dificultad que encontramos para entender el carácter del Magisterio es que éste no es científico sino testimoniante. Pío XII lo expresaba del siguiente modo: “El Magisterio de la Iglesia no es científico, sino testimoniante. Es decir, no se funda en las razones intrínsecas que se dan, sino en la autoridad del testimonio. Por lo cual, cuando se trata de prescripciones y sentencias dadas por los legítimos pastores en cosas de ley natural, no deben los fieles apelar al dicho que suele pronunciarse acerca del sentir de los individuos: tanto vale la autoridad cuanto valen las razones. De aquí que, aun cuando a alguien, en una ordenación de la Iglesia, no parezcan convencerles las razones alegadas, sin embargo, permanece la obligación de la obediencia” (Acta Apostolicae Sedis 46 [1954] 671-672).

Lo anterior es un duro ejercicio para el hombre actual. Acostumbrados a rechazar cualquier imposición externa, se pretende aplicar lo mismo a lo afirmado por la Iglesia. Y aunque se acepte la autoridad del Jesucristo, no se acaba de comprender cómo ésta se identifica con la autoridad de la Iglesia. Ya Rousseau exclamaba: “¡Cuántos hombres entre Dios y yo!”

Sin embargo, hemos de situar el Magisterio en sus justos términos. No debemos convertirlo en una especie de Dios que habla, pues esto haría desaparecer sus elementos humanos (con sus tanteos, dudas, fracasos y errores). Pero tampoco debe entenderse como un simple ejercicio intelectual que pierda de vista su carácter testificante y su finalidad y nos lleve a estériles elucubraciones. Más adelante profundizaremos en estos aspectos cuando veamos el concepto de la infalibilidad del Magisterio en una próxima entrada.

Los rasgos esenciales del Magisterio

La constitución Lumen Gentium, en su artículo 24, resumen los rasgos esenciales del Magisterio:

“Los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación por medio de la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt. 28,18; Mc. 16,15-16; Act. 26,17ss.). Para el desempeño de esta misión, Cristo Señor prometió a sus Apóstoles el Espíritu Santo, a quien envió de hecho el día de Pentecostés desde el cielo para que, confortados con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines de la tierra ante las gentes, pueblos y reyes (cf. Act. 1,8; 2,1ss.; 9,15)”. Veamos con un poco más de detalle estos rasgos.

La misión

La misión de los Apóstoles es clara y les fue dada por el mismo Jesucristo: “Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.” (Mt 28, 18-20)

De esta forma, los Apóstoles se convierten en los verdaderos representantes del mensaje de Dios. Lo que afirman no lo hacen por su cuenta, sino siguiendo las instrucciones del mismo Jesucristo. Además, ya en vida de los Apóstoles estos buscan colaboradores que unas veces se llaman presbiterios y otras, obispos. Estos colaboradores se instauran mediante el rito de imposición de manos que les confiere un carisma permanente. Ya en el siglo II es general el reconocimiento que los Apóstoles han nombrado a los Obispos como sus sucesores. De esta forma, los Obispos son partícipes del mismo carácter de los Apóstoles como guardianes de la verdad evangélica, procediendo de ellos en una cadena ininterrumpida en el tiempo.

La naturaleza testificante

La Iglesia es una simple conservadora del depósito de la revelación cristiana. Ni los Apóstoles, ni los Obispos, ni la Iglesia, son dueños de este depósito. Lo han recibido para trasmitirlo fielmente hasta el final de los tiempos y para devolverlo intacto entonces. De esta forma, el Vaticano I, en su constitución Pastor Aeternus nos decía: “Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe”.

Y esto es parte fundamental del catolicismo. Si se acepta, se es católico, si no se hace, no se puede serlo. Cuando la Iglesia define un dogma de fe, realmente ella no impone nada. Se limita a explicitar una verdad contenida en la revelación cristiana. No estaría de más que algunos políticos actuales que se definen como católicos lo comprendieran. La fe se recibe libremente, pero se recibe en su totalidad, sin acudir a subterfugios para adaptarla a nuestros gustos.

La credibilidad

Esta característica se basa en parte en elementos anteriores. A simple nivel humano no podemos dejar de señalar la credibilidad que tiene la Iglesia en la trasmisión del mensaje cristiano. Cualquier institución humana puede cambiar completamente a través de los tiempos, pero la Iglesia siempre ha sido consciente de que su existencia depende de su fidelidad al mensaje primitivo, sin adulteraciones ni añadidos que hagan peligrar su contenido original.

Pero, ¿cómo puede la Iglesia estar tan segura de respetar esta fidelidad? Tal como hemos indicado, la Iglesia es consciente de su misión y sabe que ésta fue encargada por el mismo Jesucristo. Además, se reconoce como una simple trasmisora de una revelación original. Sin embargo, cuando Cristo encarga esta misión no deja sola a la Iglesia. Sabe que humanamente esta tarea es imposible y que pedir algo sin dar las herramientas necesarias para conseguirlo sería faltar a la lógica. Por ello, Jesús afirma: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” (Mt 28, 20). Esta fórmula se emplea en el Antiguo Testamento unas cien veces, cuando Dios impone una misión difícil, para indicar una ayuda divina eficaz mediante la cual podrá ser llevada a cabo dicha misión a pesar de todas las dificultades. De igual forma, Jesús promete a los Apóstoles el Espíritu Santo: “Y yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14, 16-17).

Así, para San Juan es impensable que la Iglesia, regida por los Apóstoles y sus sucesores “hasta la consumación de los siglos” pueda apartarse de la doctrina de Cristo. No podría pensarse fracaso mayor de la presencia eficaz de Cristo y de su Espíritu de Verdad, prometido tan solemnemente por Jesús. Y esta garantía sobrenatural de la fidelidad sustancial del Magisterio es tan grande que puede por ello hablarse con razón de infalibilidad.

El fin del Magisterio

Este aspecto del Magisterio ya ha sido comentado. La Salvación o la obtención de la felicidad, al ser universal, tiene la consecuencia de hacer a todos los hombres hijos de Dios, lo que los hace hermanos entre si e iguales.

Además, el Vaticano II fija la institución del Magisterio con estas palabras: “a fin de que los hombres logren la salvación por medio de la fe”. Sin embargo, la fe es entrega a la Palabra de Dios con todas sus consecuencias existenciales y vivenciales. No es pues, producto de una especulación propia (eso sería filosofía), sino la aceptación de unos conceptos que comprometen nuestra vida y que vienen trasmitidos en la Iglesia a través de la enseñanza de los Apóstoles y de sus sucesores, los Obispos.

Por este motivo, los católicos tenemos el deber de aceptar la doctrina de nuestros Obispos en cuestiones de fe y costumbres, propuesta en nombre de Cristo, y adherirnos a ella con religiosa sumisión de voluntad y entendimiento (Lumen Gentium 25). Es claro que un Obispo “tomado individualmente no goza de la prerrogativa de la infalibilidad” (ibid.), y mucho menos cuando se trata de disposiciones disciplinares, pero aun en el caso de tener opiniones divergentes, ningún católico responsable puede eximirse de la colaboración leal y sincera con la autoridad competente, ni de la obediencia y humildad cristiana, ni de la caridad para con los hermanos, a los cuales no es lícito meter temerariamente en inextricables conflictos de conciencia.


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(1) Economía de Mercado y Doctrina Social de la Iglesia, pág. xi. Editorial Cooperativas 2005. Argentina

(2) “Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf
GS 22; 32; 39; 45; EN 31)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2820)

domingo, 15 de noviembre de 2009

Cargando al Atlas o cómo el Estado favorece la competencia y contribuye al Bien Común

Según el último estudio de la OCU, Las Palmas de Gran Canaria es la ciudad con la cesta de la compra más cara de España. Le sigue muy de cerca Santa Cruz de Tenerife y si consultamos las estadísticas publicadas por el Instituto Canario de Estadísticas (ISTAC), comprobaremos que dicha cesta es aún más cara en el resto de las islas, llegando la diferencia al 10% en alguna de ellas.

Cualquier medida que produjera la bajada de los precios contribuiría al Bien Común, que es aquel conjunto de condiciones sociales que consienten y favorecen en los seres humanos el desarrollo integral de su propia persona(1). Además, tal como indica la Doctrina Social de la Iglesia es deber de los gobernantes el contribuir a dicho Bien Común(2).

Teniendo en cuenta lo anterior, el objetivo sería la bajada de los precios. Para poder conseguirlo, hemos de acudir obligatoriamente a los principios de la Teoría Económica. Ya Carl Menger explicaba en el capítulo V de su libro “Principios de economía política”, como la única manera de abaratar los precios era aumenta la oferta por medio de la introducción en el mercado de nuevas empresas que ofrecieran los mismos productos. De esta forma, la política comercial de las empresas monopolistas de restringir la cantidad de mercancías en el mercado para conseguir mayores beneficios, sería imposible llevarse a cabo debido a la oferta adicional de las nuevas empresas. Y auque la empresa monopolista podría hacer subir los precios mediante la decisión de retirar del mercado parte de sus productos, dicha acción sería antieconómica, pues sólo conseguiría obtener menores beneficios a pesar de la subida de los precios.

Lo anterior es fácilmente demostrable y tan cierto y evidente como que dos y dos son cuatro. De esta forma, a través de las leyes de formación de precios formuladas por Menger, hemos obtenido la solución a nuestro problema del abaratamiento de los mismos. Así, el gobernante sólo tendría que seguir el anterior camino marcado por las leyes económicas. Un camino que debería seguir tan a rajatabla como los procedimientos de construcción de un edificio basados en su cálculo de estructuras. Resumiendo, la Administración no ha de poner ninguna traba a la aparición de nuevas empresas en el mercado para conseguir la disminución de los precios.

¿Ha hecho lo anterior la administración autonómica? En la actualidad, el Gobierno de Canarias ha presentado el anteproyecto de una nueva ley de comercio. La necesidad de aprobación de una nueva ley que sustituya a la Ley 10/2003, es debida a la entrada en vigor de la Directiva europea 2006/123/CEE. De esta forma, la nueva legislación comercial debería ser una herramienta que contribuyera a conseguir el fin antes comentado. Veamos si dicho anteproyecto ayudará al establecimiento de nuevas empresas.

El artículo 3 concreta que la finalidad de la ley es “el logro de un modelo comercial basado en la flexibilidad, diversidad y oferta plural.” Éste es un buen comienzo.

El artículo 4 fija once principios rectores. Quizás demasiados principios, pues realmente habría bastado con indicar sólo uno, que sería el permitir todas aquellas condiciones que posibilitaran a cada uno de los habitantes de las islas el conseguir unos intercambios comerciales más libres y de acuerdos con sus necesidades. Así, ya empezamos a ver un exceso de legislación.

En el apartado a) del anterior artículo se nos habla “del principio de libertad de empresa en el marco de la economía de mercado y la planificación económica general del Estado, dentro de una libre y leal competencia, sin perjuicio de las disposiciones contenidas en la misma y las restantes disposiciones específicas que regulan la actividad comercial”. Vamos, que competencia sí, pero la justa, la que crea conveniente la Administración.

Es también especialmente interesante el apartado c) del artículo, donde se señala que uno de los principios es “la preservación y el fortalecimiento de la cultura comercial tradicional canaria y el equilibrio con las demás formas comerciales”. Así, se opta por la protección de una determinada clase de comercio, independientemente de si con ello se consigue un beneficio o perjuicio para el consumidor.

El resto del anteproyecto de ley se entretiene en regular las condiciones de acceso al mercado de las distintas empresas. No olvidemos que tal como hemos indicado, el objetivo es facilitar éste acceso. El anteproyecto regula y define los siguientes aspectos:

- El comercio minorista.

-Los grandes establecimientos comerciales, definiendo sus metros cuadrados, superficies de ventas que incluyen escaparates, mostradores, zonas de caja, etc. Luego hace una clasificación de los mismos por grupos de mercancías.

- Los centros comerciales. Define los mismos y fija sus metros cuadrados.

- La licencia comercial, que es el permiso que necesita un comercio para poder abrir al público y vender sus productos. Es especialmente largo y farragoso el artículo 11 donde se fijan los criterios para su obtención, criterios tan imprecisos como “la contribución del proyecto al equilibrio interterritorial y a la cohesión social”.

- Los deberes de los comerciantes, entre ellos el “desarrollar su actividad procurando adecuarse a las necesidades comerciales del área de influencia en que se sitúe el establecimiento comercial”. Vamos, que se fija por ley como el empresario debe hacer su trabajo, a pesar de que el dinero invertido es suyo y también asume el riego de la actividad.

- El procedimiento para la concesión de la licencia comercial. Éste es desarrollado por medio de 5 artículos y 9 páginas, fijándose un “corto plazo” de seis meses para conceder la licencia. Además, puede ser denegada si existe coincidencia de solicitudes para una misma zona, ya que el correspondiente Plan Territorial de Equipamiento Comercial puede fijar el número máximo de licencias comerciales. Es decir, todo un ejemplo de cómo favorecer la implantación de nuevas empresas.

Para no alargar más la entrada, podemos hacer un resumen indicando que el anteproyecto continúa poniendo normas para mantener la licencia, trasmitir la misma y vender los comercios. Fija los números de días y horas de apertura, así como el número de horas en los días festivos. Indica qué zonas de las islas puede abrir más o menos horas o días al año y la forma en que los comercios han de indicar su horario. Regula la autorización de vendedores ambulantes, las características de las máquinas expendedoras y la instalación de las ferias de una forma muy detallada. Por último indica un total de 32 infracciones administrativas y hace su clasificación, fijando multas de hasta 600.000 euros. Al final acaba con una clasificación de las zonas comerciales de las islas y con la creación de un registro de comerciantes y comercios.

¿Contribuirá el anterior proyecto de ley al aumento de la competencia? Yo no lo creo. Incluso me sorprende que algún empresario aún tenga el valor de abrir un nuevo comercio. Si nadie lo remedia, Canarias seguirá siendo la comunidad con la cesta más cara de España.


(1) Pacem in Terris (58) – Juan XXIII
(2) Pacem in Terris (60) – Juan XXIII

domingo, 8 de noviembre de 2009

Böhm-Bawerk, la teoría del valor y el egoísmo

Uno de los reproches más habituales al liberalismo es que se basa en esencia en el egoísmo del individualismo. Esta afirmación ha regresado con una fuerza inusitada en la actualidad al culpar a la economía liberal de ser la causa de la actual crisis económica. Sin embargo este debate no es nuevo. Ya Böhm-Bawerk afirmaba en su libro "Teoría positiva del capital" (pág. 313):

“La teoría del valor que he presentado suele ser inadecuadamente calificada de teoría en esencia «hedonística» o «utilitaria» (…)”

Y como respuesta a dichas críticas, realizaba a continuación varias manifestaciones. Una de ellas era la siguiente (pág. 314, la cursiva está en el original):

“Yo abjuro de cualquier clase de adhesión a los principios hedonistas y en la presentación de mi teoría del valor deseo evitar cualquier manifestación que pueda ser interpretada como expresión de una adhesión de esta clase”

Pero esta afirmación de Böhm-Bawerk no se quedaba en una declaración de intensiones, sino que explicaba la causa de no confundir egoísmo con liberalismo (pág. 318, la cursiva está en el original):

“Para el economista y para la teoría económica del valor de los bienes es absolutamente indiferente el que la gente ame y odie, busque o trate de eludir, y el que con más o menos intensidad traten de conseguir o escapar de algo. Lo que importa no es el placer o el sufrimiento o si hay además otras cosas que merece la pena desear u odiar. Lo único que importa es que la gente ama y odia algo, que buscan con más o menos intensidad conseguir o evitar algo para lo que su economía está dotada de medios y que sus «opiniones doradas», sobre cual de los objetivos son más o menos estimables, transmiten su color a los medios económicos para lograrlos”

No debemos deducir del párrafo anterior que el economista deba comportarse como un ser desalmado, sino que existe una ley que rige la teoría del valor y esto es lo que ha de importarle en su particular estudio. Pensar lo contrario sería como afirmar que un físico es un malvado ya que al expresar la teoría de la gravedad no considera que ésta sea la responsable de las innumerables muertes de seres humanos por caídas desde grandes alturas. Como afirmaba en la anterior entrada, las aplicaciones de una determinada ley económica corresponde a la moral o a la ética, pero la ley es la que es.

Para clarificar un poco más lo anterior, tomemos una de las lecturas que se han leído este domingo durante la misa (Primer libro de los Reyes 17, 10-16):


“En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.» Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.» Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: "La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra."» Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.”


La teoría del valor que defiende la Escuela Austriaca se apoya por una parte en una ordenación de las necesidades que hace cada individuo. Utilizando el tipo de gráfico que ya utilizó Carl Menger y también Böhm-Bawerk, podemos representar la ordenación de las necesidades de la viuda en relación con el puñado de harina que tenía (los números indicados no tratan de medir el grado de necesidad, sino sólo representan la ordenación de las mismas, siendo las de más alto número, las más importantes):


Después de la petición de Elías, la ordenación de sus necesidades fue la siguiente:



Este cambio de ordenación tendría una importancia fundamental en el caso de la formación del precio, pero la ley que se aplica es la misma. Es la moral de la viuda la que decide cómo ordenar sus necesidades. Y este cambio, hecho libremente por parte de la viuda, es lo que premia Dios. No existe aquí ninguna organización que obligue a esta mujer a cambiar su escala de necesidades. Y esto es lo mismo que predica hoy en día la Iglesia. La caridad es voluntaria y no puede imponerse por la fuerza. Si esto no fuera cierto, la Iglesia obligaría a sus miembros a dar una parte de sus bienes. Por supuesto, cuando mayor se viva la fe, mayor necesidad tendrá un católico de compartir sus bienes. Pero esto es una decisión libre y personal. El mundo sería mucho más justo si todo el mundo compartiera, pero esto no puede ser impuesto desde el exterior. Tal como decía Santo Tomás (ST, I-II, Q. 96, a.2):

“Ahora bien, la ley humana está hecha para la masa, en la que la mayor parte son hombres imperfectos en la virtud. Y por eso la ley no prohíbe todos aquellos vicios de los que se abstienen los virtuosos, sino sólo los más graves, aquellos de los que pueden abstenerse la mayoría y que, sobre todo, hacen daño a los demás, sin cuya prohibición la sociedad humana no podría subsistir, tales como el homicidio, el robo y cosas semejantes”


sábado, 29 de agosto de 2009

¿Para qué sirve la libertad?

En el anterior mensaje hablaba sobre la verdadera esencia de liberalismo y llegué a la conclusión que lo que diferencia a un liberal de un colectivista era su mayor o menor aprecio por la libertad. Sin embargo, surge inmediatamente la pregunta del fin último de la libertad, es decir ¿para qué queremos ser libres?

La respuesta que demos definirá el sentido de nuestra vida. De esta forma, hacernos esta pregunta es lo mismo que interrogarnos sobre el fin de nuestra existencia y no cabe ninguna duda que desde siempre el hombre ha tratado de buscar dicho fin. Siguiendo este razonamiento, muchos han llegado a la conclusión que el fin último de toda persona es la felicidad. Por lo tanto, la libertad es solamente un medio para la consecución de dicho fin.

Muchos definen la libertad como la capacidad que tiene el individuo de tomar sus propias decisiones siempre que estas no colisionen con la libertad del otro. Es bien conocida la frase “mi libertad termina donde empieza la del otro”. Sin embargo, el concepto de libertad que propongo tiene un enfoque diferente sin negar la verdad de la anterior definición. Para mí, el concepto de libertad trasciende dicha afirmación y la completa. Así, la libertad es la capacidad que tenemos para decidir entre la felicidad y la infelicidad. Y esto es así porque debido a nuestra naturaleza racional podemos elegir entre ambas posibilidades. Y elegir la infelicidad, aunque parezca un acto de la libertad, es en realidad un defecto de la misma, ya que todo acto que nos aleje de nuestro fin último es radicalmente incorrecto. De esta forma, de alguna manera, elegir la infelicidad es elegir la esclavitud.

Para completar el concepto de libertad no debemos olvidar que ésta es una manifestación de nuestra voluntad y que dicha voluntad no podrá ser correctamente utilizada si no es iluminada por nuestra razón. Y ya que nuestra razón no es perfecta, podemos cometer errores que llevarán a nuestra voluntad a tomar decisiones incorrectas, siendo capaces de utilizar nuestra libertad para apartarnos de nuestro fin último que es la felicidad.

Por último, dejo un pensamiento de Santo Tomás de Aquino que da la visión moral de lo anteriormente comentado:

“Todo ser es lo que le conviene ser por su propia naturaleza. Por consiguiente, cuando es movido por un agente exterior, no obra por su propia naturaleza, sino por un impulso ajeno, lo cual es propio de un esclavo. Ahora bien: el hombre, por su propia naturaleza, es un ser racional. Por tanto, cuando obra según la razón, actúa en virtud de un impulso propio y de acuerdo con su naturaleza, en lo cual consiste precisamente la libertad; pero cuando peca, obra al margen de la razón, y actúa entonces lo mismo que si fuese movido por otro y estuviese sometido al dominio ajeno; y por esto, el que comete el pecado es siervo del pecado”(1)


(1) In Ioannem 8 lect.4 n.3


Es interesante ver como incluso la Ciencia trata de hallar las pautas para conseguir la felicidad. Viene a ser una opción diferente a la Religión que en esencia también trata de conseguirla (y perdóneseme la simplificación). Un ejemplo de cómo la Ciencia puede afrontar el problema está expresado en el blog de Eduar Punset y en los documentales "Ser feliz es cuestión de voluntad" y "Decálogo para vivir mejor" de la serie de televisión “Redes”.

miércoles, 26 de agosto de 2009

¿Solo liberalismo económico?

"En un país donde el único patrono es el Estado, la oposición significa la muerte por consunción lenta. El viejo principio «el que no trabaje no comerá» ha sido remplazado por uno nuevo: el que no obedezca no comerá" (Trostky, 1937)

En un blog el otro día, alguien negó la posibilidad de separar el liberalismo económico del político. Todo esto venía de la eterna discusión sobre qué es el liberalismo. Realmente del liberalismo sólo me interesa su vertiente económica. ¿Es este planteamiento incorrecto? Pienso que el modo de afrontar el problema de la escasez es suficientemente importante como para elaborar una teoría de actuación. Y en esencia, la Economía no es otra cosa que la ciencia que estudia como actuar frente a la escasez. Hasta el momento la Escuela Austriaca me parece el enfoque más correcto de esta ciencia, y mis esfuerzos se centran en ver si dicha escuela es compatible con el catolicismo.

Por otro parte, no estaría de más hacer un esfuerzo para averiguar cual es la verdadera esencia del liberalismo. Realmente creo que lo único que diferencia a un liberal de un colectivista (socialista), es la idea que sólo el individuo tiene derecho a tomar las decisiones que afecten a su vida. En definitiva que el individuo sea libre. El siguiente paso será definir qué es la libertad. Una definición muy exacta sería la siguiente:

La libertad es […], patrimonio exclusivo de los seres dotados de inteligencia o razón. Considerada en su misma naturaleza, esta libertad no es otra cosa que la facultad de elegir entre los medios que son aptos para alcanzar un fin determinado, en el sentido de que el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas es dueño de sus propias acciones.

¿A que suena bastante liberal e incluso austriaco? Yo diría que si. Lo interesante de la anterior definición es que fue hecha por el papa León XIII en su encíclica Libertas Praestantissimum en 1888.

viernes, 14 de agosto de 2009

¡Dios salve al capital!

En los meses de julio y agosto, el Movimiento Cultural Cristiano organiza la XXIV Aula Malagón-Rovirosa. Uno de los actos es el curso “Trabajo sobre Capital”, cuyos responsables son Jesús Benítez, abogado y Rosario Torres, economista y militantes del Movimiento Cultural Cristiano y del Partido SAIn.

El programa del Aula presenta el curso de la siguiente forma:

"El trabajo humano es la verdadera fuente de riqueza en la sociedad, no el capital, ni el Estado, ni la especulación financiera. En este curso profundizaremos en el funcionamiento del sistema político y económico injusto e insolidario en el que vivimos, para disponernos a combatirlo y construir una nueva política, al servicio del bien común, donde el trabajo esté siempre por encima del capital".

Asimismo, el curso fue anunciado también por Rosario Torres en el programa de La Cope “El Espejo de la Iglesia” con las siguientes palabras textuales:

“Este nuevo curso, nosotros teníamos bastante interés en llevarlo a cabo, que se denomina Trabajo sobre Capital, que es el principio consagrado ya por la DSI, por el cual se da prioridad absoluta al trabajo de la persona frente al capital que siempre debe de estar a su servicio. Además, creemos que es un curso con bastante actualidad con respecto a la nueva Encíclica que acaba de sacar el Papa Benedicto XVI. Nosotros creemos y así lo consagra la DSI, que todo debe de estar al servicio de la persona conforme a su dignidad sagrada, pero ¿qué pasa en verdad? Pues que en el mundo la realidad actual es la del dominio del capital sobre el trabajo. Esto significa pues que haya una humanidad donde el 85% de la humanidad esté en la miseria. Estoy hablando de hambre, esclavitud infantil, explotación laboral, guerras, todo un entramado imperialista que está organizado para robar a los pobres. Desde este curso, analizando y partiendo de la DSI, lo que queremos es analizar, profundizar y ver posibles respuestas, siempre desde la solidaridad”.

Estos párrafos precedentes nos pueden servir para reflexionar sobre la relación entre capital y trabajo. La primera tarea que hemos de imponernos es definir ambos conceptos, no sea que durante el análisis estemos discutiendo sobre elementos diferentes.

El concepto de capital siempre ha sido un tema discutido y complejo e incluso hoy en día es origen de distintos planteamientos entre la corriente económica dominante y la Escuela Austriaca de Economía (EAE). Böhm-Bawerk en su obra “Teoría Positiva del Capital” trata extensamente este tema. Es particularmente interesante el capítulo III del Libro I donde analiza las distintas definiciones de capital.

Para Böhm-Bawerk, capital es el “agregado de bienes producidos que sirven como medio de procurarnos bienes”. Más adelante, en este mismo capítulo, en una nota a pie de página, completa esta definición expresando que “el capital de acuerdo con mi versión es también un fondo o cantidad de materia y creo que procede decir aquí que cualquier intento de contemplar o medir este fondo en términos de número de piezas, peso, o volumen de los distintos bienes productivos implicados no puede ser llevado a cabo y solo puede hacerse esto en términos de valor o que es lo mismo, para estos tiempos, en dinero”. Y para terminar, y no por ello menos importante, para Böhm-Bawerk el capital no es el tercer factor independiente de producción. Según su visión, podemos decir que es en parte trabajo acumulado y en parte también acumulación de fuerzas naturales valuables.

Nos quedaría ahora por definir el concepto de trabajo según la teoría económica. En la misma obra mencionada Böhm-Bawerk nos da una definición sencilla indicando que “una persona ofrece un bien valuable y que se llama trabajo y otra le da a cambio un precio”

Hasta ahora, hemos aportado las definiciones de capital y trabajo según la EAE. Veamos a continuación las definiciones de estos conceptos que hace la Doctrina Social de la Iglesia (DSI):

“El trabajo humano tiene una doble dimensión: objetiva y subjetiva. En sentido objetivo, es el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas de las que el hombre se sirve para producir, para dominar la tierra, según las palabras del libro del Génesis. El trabajo en sentido subjetivo, es el actuar del hombre en cuanto ser dinámico, capaz de realizar diversas acciones que pertenecen al proceso del trabajo y que corresponden a su vocación personal.

“La subjetividad confiere al trabajo su peculiar dignidad, que impide considerarlo como una simple mercancía o un elemento impersonal de la organización productiva. El trabajo, independientemente de su mayor o menor valor objetivo, es expresión esencial de la persona, es «actus personae». Cualquier forma de materialismo y de economicismo que intentase reducir el trabajador a un mero instrumento de producción, a simple fuerza-trabajo, a valor exclusivamente material, acabaría por desnaturalizar irremediablemente la esencia del trabajo, privándolo de su finalidad más noble y profundamente humana. La persona es la medida de la dignidad del trabajo: «En efecto, no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona».

La dimensión subjetiva del trabajo debe tener preeminencia sobre la objetiva, porque es la del hombre mismo que realiza el trabajo, aquella que determina su calidad y su más alto valor. Si falta esta conciencia o no se quiere reconocer esta verdad, el trabajo pierde su significado más verdadero y profundo: en este caso, por desgracia frecuente y difundido, la actividad laboral y las mismas técnicas utilizadas se consideran más importantes que el hombre mismo y, de aliadas, se convierten en enemigas de su dignidad.”

En cuanto al concepto de capital, evidentemente la DSI hace una sencilla definición del mismo, sin profundizar en su carácter económico, expresando que “en la actualidad, el término «capital» tiene diversas acepciones: en ciertas ocasiones indica los medios materiales de producción de una empresa; en otras, los recursos financieros invertidos en una iniciativa productiva o también, en operaciones de mercados bursátiles”.

Una vez hecho el esfuerzo anterior para concretar los conceptos de capital y trabajo, podemos proceder a analizar la relación que existe entre los mismos. Es de una lógica incuestionable que si por capital entendemos un conjunto de bienes y por trabajo tomamos la definición subjetiva que hace la DSI, el trabajo está por encima del capital, pues evidentemente la dignidad de una persona no puede compararse con un conjunto de cosas. Asimismo, también podemos deducir que el origen del capital es en parte trabajo acumulado. Lo que acabamos de expresar no está en contradicción con las ideas de la EAE. Además, no debemos de olvidar que el economista tiene como fin el estudio técnico de los distintos conceptos, sin que ello suponga un enfrentamiento con los aspectos éticos o morales. De esta forma, cuando Böhm-Bawerk habla de trabajo lo hace teniendo en cuenta la dimensión objetiva del mismo.

Por lo tanto, y conforme a todo lo anteriormente expuesto, no tenemos inconveniente en estar de acuerdo con que el trabajo está por encima del capital según una visión ética o moral. Otro asunto es la importancia de cada elemento en la creación de riqueza. Y es en este aspecto donde el capital, tal como lo ha definido Böhm-Bawerk, adquiere toda su importancia, ya que la mejor manera de producir riqueza es a través de la utilización del capital, es decir por medios de producción capitalistas, siendo de esta manera, y no de ninguna otra, como podremos erradicar la pobreza y el hambre en el mundo. No podemos resistir la tentación de dejar que sea Carl Menger que a través de sus palabras, plasmadas en su libro “Principios de Economía Política”, nos explique la anterior afirmación:

“La forma más ruda de economía de ocupación se limita a la recolección de los bienes del orden ínfimo que la naturaleza ofrece espontáneamente. Los hombres en cuanto sujetos económicos, no ejercen ninguna influencia en la producción de los mismos. Su nacimiento y desarrollo no depende ni de la voluntad ni de la necesidad humana. Son accidentales, bienes al servicio del hombre sólo por azar. Pero si los hombres abandonan esta forma ruda de economía, si exploran las cosas a través de cuya conexión dentro del proceso causal surgen los productos alimenticios y se apoderan de ellos, lo que equivale a transformarlos en bienes de un orden superior, entonces estos alimentos aparecen, al igual que antes, en virtud de la ley de la causalidad, pero ahora ya no son casuales, accidentales, respecto de los deseos y las necesidades de los hombres, sino que constituyen un proceso sujeto al poder humano, regido a tenor de los objetivos humanos, aunque siempre dentro de los límites puestos por las leyes naturales. Los alimentos, que antes eran el producto de la coincidencia casual de las condiciones precisas para su nacimiento y desarrollo, son ahora, en la medida en que el hombre conoce y domina estas condiciones, y dentro siempre de los límites trazados por las leyes naturales, un producto de su voluntad. Las cantidades de que los hombres disponen no tienen más límites que los de su comprensión de la conexión causal de las cosas y la amplitud de su dominio sobre las mismas. Así pues, el creciente conocimiento de las interconexiones causales de las cosas con su propio bienestar y el progresivo dominio de las condiciones cada vez más remotas de las mismas han elevado a los hombres del estado de rudeza y de la más profunda miseria al estadio actual de cultura y bienestar, han permitido que amplias zonas hasta hace poco habitadas por pocos hombres, que arrastraban además una vida trabajosa y miserable, se conviertan en tierras de cultivo densamente pobladas. Nada más cierto que la afirmación de que también en el futuro el progreso económico del hombre no tendrá otro límite que el de los progresos antes mencionados”.

Según lo dicho hasta ahora, no vemos ningún motivo para condenar al capital. El problema está en que todavía muchos se encuentran aferrados a su versión marxista, donde éste es en una herramienta de explotación. Sin ánimo de tratar de adivinar las intenciones de Rosario Torres, una de los responsables del curso que mencionamos, y por supuesto sin ánimo de negar sus buenas intenciones, no deja por menos de sorprendernos el tono de su discurso. Suena a enfrentamiento entre trabajo y capital, suena a demonización del capital, suena a Socialismo (1).

Llegados a este punto, es importante acudir de nuevo a la DSI para terminar de ver cual debe ser la relación entre el trabajo y el capital:

“La doctrina social ha abordado las relaciones entre trabajo y capital destacando la prioridad del primero sobre el segundo, así como su complementariedad.

El trabajo tiene una prioridad intrínseca con respecto al capital: «Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el “capital”, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia histórica del hombre». Y «pertenece al patrimonio estable de la doctrina de la Iglesia».

Entre trabajo y capital debe existir complementariedad. La misma lógica intrínseca al proceso productivo demuestra la necesidad de su recíproca compenetración y la urgencia de dar vida a sistemas económicos en los que la antinomia entre trabajo y capital sea superada. En tiempos en los que, dentro de un sistema económico menos complejo, el «capital» y el «trabajo asalariado» identificaban con una cierta precisión no sólo dos factores productivos, sino también y sobre todo, dos clases sociales concretas, la Iglesia afirmaba que ambos eran en sí mismos legítimos. «Ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital». Se trata de una verdad que vale también para el presente, porque «es absolutamente falso atribuir únicamente al capital o únicamente al trabajo lo que es resultado de la efectividad unida de los dos, y totalmente injusto que uno de ellos, negada la eficacia del otro, trate de arrogarse para sí todo lo que hay en el efecto»”.

Y aquí está plasmada la lección que debemos aprender a través de nuestro análisis. Hemos de abandonar aquellos sistemas económicos que perpetúen la antinomia entre trabajo y capital. En definitiva, hemos de abandonar la versión marxista de la economía. Solamente así podremos conseguir un futuro mejor que el presente.



(1) Intentado entender las ideas de los responsables del curso, hemos acudido a la web del partido SAIn. Al igual que nos sorprendió el tono de las presentaciones del evento, nos ha sorprendido algunos de los manifiestos del partido, tales como “El socialismo que queremos”, “Ha muerto el PSOE” y “Rechazamos el aborto porque somos de izquierda”. Quizás, deberíamos profundizar en sus definiciones de socialismo e izquierda, pues tal vez no sean las mismas que nosotros entendemos.