sábado, 31 de julio de 2010

¡Acabemos con el paro, dejemos que los trabajadores ejerzan su libertad!

Selección del artículo "La historia del capitalismo" de Ludwig von Mises en Mises Daily en español:

El término "ganancias sociales" induce completamente a error. Si la ley fuerza a los trabajadores que prefieran trabajar 48 horas a la semana a no rendir más de 40 horas de trabajo, u obliga a los empresarios a incurrir en ciertos gastos en beneficio de los empleados, no favorece a los trabajadores a costa de los empresarios. Sean cuales sean las provisiones de una ley de seguridad social, su incidencia acaba recayendo en el empleado, no en el empresario. Afectan al importe de los salarios netos: si aumentan el precio que el empresario ha de pagar para una unidad de rendimiento por encima del tipo potencial del mercado, crean desempleo institucional. La seguridad social no impone a los empresarios gastar más para comprar trabajo. Impone a los asalariados una restricción referida al gasto de su ingreso total. Recorta la libertad del trabajador para disponer su hogar de acuerdo con sus propias decisiones.

El que ese sistema de seguridad social sea una política buena o mala es esencialmente un problema político. Podemos tratar de justificarlo declarando que los asalariados no tienen el conocimiento y la fortaleza moral para proveerse espontáneamente su propio futuro. Pero entonces no es fácil silenciar las voces de quienes preguntan si no es paradójico confiar el bienestar de la nación a decisiones de votantes a quienes la propia ley les considera incapaces de manejar sus propios asuntos, si no es absurdo hacer a ese pueblo supremo en la dirección de un gobierno que necesita manifiestamente un guardián que impida que gasten su propio dinero locamente. ¿Es razonable asignar pupilos el derecho a elegir a sus guardianes? No es casual que Alemania, el país que inauguró el sistema de seguridad social, fuera la cuna de ambas variedades de desprecio por la democracia, la marxista y la no marxista.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Y los que deseamos echar 40 horas semanales y nuestro jefe nos obliga a echar 52? Sin pagas y diciendonos continuamente "esto es lo que hay". Eso si con libertad.

Eetión dijo...

Sin intención de ser cínico ni insensible, ¿te has preguntado por qué no puedes decirle a tu jefe que se meta su "esto es lo que hay" por donde le quepa y largarte a otro sitio? Quizás no se pueda tenerlo todo.

Gracias por comentar.

Daniel Ballesteros Calderón dijo...

Eetion, creo que el anónimo hace un apunte muy realista que apunta a los defectos de la perspectiva austríaca sobre el mercado de trabajo:

En el mundo real casi siempre existe exceso de mano de obra que no puede absorber la caída salarial, ya que los salarios no pueden bajar más allá de un determinado punto (subsistencia y compromisos adquiridos, por ejemplo una hipoteca o unos hijos).

Los excedentes de materias primas se solventan vendiéndolos por debajo de precio de coste, almacenándolos y/o destruyendolos (cafe). Nada de esto puede hacerse con el ser humano que permanece fuera del mercado laboral. Por consiguiente la mano de obra no es una mercancía cualquiera, como afirma Mises o Rallo en uno de sus últimos artículos.

Puede que eliminando los limites a las jornadas laborales se permita un mayor ejercicio de la libertad de aquel individuo que quiere trabajar 48 horas en vez de 40, pero todos los demás se verán perjudicados en dos sentidos: primero que su productividad marginal por trabajador será menor con lo que se verán forzados a incrementarla a base de echar horas "extra" y segundo que el incremento de jornada laboral reduce la demanda de trabajadores (no de horas de trabajo), incrementando el paro, bajando los salarios y acentuando un círculo vicioso de explotación laboral e injusticia.

El análisis laboral de la EAE es uno de sus puntos más lamentables y deficientes, totalmente impregnado de neoclasicismo y de ideología. Es decir, tan nefasto y viciado como el marxista pero por motivos diferentes.

Un abrazo.

Eetión dijo...

Estimado Daniel:

En un mundo como el actual es imposible conseguir de la noche a la mañana un ajuste del mercado de trabajo pues los cambios habrían de ser múltiples. Sin embargo, el planteamiento general (que evidentemente no está exento de problemas teóricos) es que la libre negociación de trabajadores y empresas en el mercado de trabajo traerá a la larga un mayor bienestar que cualquier tipo de mercado altamente intervenido como el actual. Evidentemente siempre habrá un grupo de personas que sean incapaces de poder conseguir un salario mínimo para su subsistencia, pero esos casos (que estimo minoritarios) podría solucionarse a través de ayudas o caridad (no necesariamente ofertadas por el Estado).

Corrígeme si me equivoco pero tu planteamiento suena a la conocida ley de hierro de los salarios. Un exceso de trabajadores que necesariamente han de conformarse con un salario apenas de subsistencia. Sin embargo, aunque es evidente que habría que fundamentar teóricamente los resultados, no es esto lo que ha pasado desde principios de la Revolución Industrial. En 1750 la población mundial era cercana a los 800 millones cuando a principios de primer milenio apenas sobrepasaba los 300 millones. En 1900 la población ya ascendía a 1.650 millones. Creo que solamente la libre acción del mercado consiguió elevar la población de esa manera y no creo el nivel de vida de los trabajadores disminuyera.

De todas formas, sería interesante que comentaras cual es la alternativa a ese análisis laboral de la AEA, aunque sé que es bastante difícil poder afrontar estos problemas tan complejos en una respuesta en un blog. ¿Quizás una entrada dedicada a esta tema en el tuyo?

Gracias por tu aportación aunque en esta ocasión no estemos de acuerdo. Eso lo hace más interesante :-)

Un abrazo.

Daniel Ballesteros Calderón dijo...

Bueno Eetion, no se trata de que sea imposible mantener a 800 o a 6000 millones de personas. El capitalismo puede con eso y con mucho más, ofreciendo altos estándares a vida a potencialmente toda la población.

El problema está en que por ejemplo Mises niega la realidad al afirmar que no existe paro involuntario. De esta forma todo el paro es voluntario o bien se debe a rigideces salariales.

Esta visión procede de considerar que la mano de obra es una mercancia cualquiera y por tanto los mecanismos válidos para eliminar los excesos de oferta de café -por ejemplo- son válidos para la mano de obra (me refiero a oferta de trabajadores). Y en mi opinión no es así.

Vale que una mayor flexibilidad salarial pueda disminuir el paro, vale que una privatización de la SS permita reducir el paro e incrementar los salarios, lo mismo con las retenciones del IRPF... pero no creo que estas medidas sean una panacea sistemática para absorber elevadas tasas de paro. En tal caso, ¿por qué hay paro en India o China?

Creo sinceramente que esta forma de entender el mercado laboral es un cuerpo extraño dentro de la EAE, muy incoherente con la experiencia práctica sistemática. En todo caso, he de reconocer que no tengo alternativa, aunque de una forma u otra tendré que afrontar esta carencia en el corto plazo.

Ahora estoy sumido en el estudio de la antropología de la EAE y la DSI, emocionado por el libro de Pera y advirtiendo muchas carencias antropológicas dentro del liberalismo. jeje, cámbialo rápido, no sabes lo que te pierdes.

Eetión dijo...

Daniel:

Estoy de acuerdo contigo que el trabajo no puede asimilarse a una mercancía más. Yo veo aquí dos problemas a resolver. Por una parte está si teóricamente la formación del valor del salario sigue las mismas reglas que cualquier otro precio. Y por otra parte, aunque estas mismas reglas sean aplicables, estaría el problema moral a la hora de su aplicación. En el primer caso creo que la EAE sí da un solución adecuada (al menos en su planteamiento inicial, evidentemente habría que trabajar en su desarrollo). En relación al segundo aspecto, el moral, sería aquí donde el catolicismo tendría que dar una respuesta. Conjugar estos dos aspectos es el verdadero reto.

El tema de la antropología de la EAE y la DSI es fundamental para intentar conseguir un liberalismo católico. Las diferencias entre un liberal no creyente y uno católico como nosotros está en el diferente concepto del hombre que tenemos. Ya también estoy estudiando ese aspecto y entiendo perfectamente tu apasionamiento. Es una pena que no vivamos más cerca para poder comentar todo esto personalmente.

Por cierto, no me va a quedar más remedio que cambiar el libro esta semana que viene :-)