domingo, 8 de enero de 2012

Cuando todo empezó a ir rematadamente mal (y la culpa no fue del mercado)

Durante la mayor parte del siglo XIX y hasta principios del XX, después de las Guerras Napoleónicas y hasta la Primera Guerra Mundial, la economía experimentó un singular periodo de prosperidad (aunque no exento de crisis). Debido a la adopción del patrón oro, la inflación se mantuvo en muy bajos niveles, los bancos estaban bastante limitados para crear dinero de la nada y los tipos de cambios se mantuvieron estables con el consiguiente florecimiento del comercio mundial.

Sin embargo, a partir de la Primera Guerra Mundial, para afrontar los ingentes gastos del conflicto, los Estados hicieron añicos ese patrón oro, necesitados de un recurso del que no disponían: dinero.

Para ello, echando mano de la teoría cuantitativa del dinero, afirmaron que la convertibilidad que implicaba el patrón oro no era realmente importante, sino solamente la cantidad de dinero en el sistema económico. Con ello pretendían conseguir el dinero mediante el simple sistema de crearlo de la nada. Y este dinero, en lugar de estar respaldado por algo tangible y con valor real como el oro, estaría respaldado por algo tan etéreo y mudable como la confianza en el Estado: había nacido el dinero fiduciario.

Sin embargo, no todos aceptaron este planteamiento tan favorable a los Estados. El 23 de marzo de 1925, en el "Chase Econonomic Bulletin 5, nº 1", un economista de la escuela austriaca, Benjamin Anderson, publicaba un artículo titulado “The Gold Standard versus A Managed Currency”, donde escribía:

"El mundo bancario no tiene la menor dificultad en reconocer ese mínimo de veracidad de la teoría cuantitativa que sostiene que el valor del oro, acuñado o no, no es independiente de su cantidad en relación con la demanda mundial para fines monetarios y para fines de consumo. Ninguna teoría monetaria lo negaría. Ésta es una verdad que, lejos de ser propiedad exclusiva de la escuela de la teoría cuantitativa, es admitida por cualquier estudioso serio de esta materia. Pero esa proposición queda inmensurablemente lejos de la proposición de que el Estado, o un banco emisor, pueda tomar unos trozos de papel carentes de valor, imprimir algo sobre ellos, ponerlos en circulación y, a fuerza de limitar su circulación, darles un valor sin cambiarlos o prometer cambiarlos o tener la intención de cambiarlos. ¿De qué fuentes podrían adquirir valor tales trozos de papel? ¿Por qué los aceptarían los productores a cambio de su trabajo o a cambio de los bienes producidos por su trabajo? ¿Por qué los iba a querer nadie? ¿Por qué, en otras palabras, circularían?"

Pero no le hicieron caso; ni los Estados ni un importante grupo de economistas liderados por el "brillante" (según lo describe Anderson con amabilidad al principio del artículo) John Maynard Keynes. Lo que pasó a continuación ya lo sabemos todos: comenzaba la era de las crisis.

Enlace recomendado:
¿Qué es el patrón oro? - Antonio Mascaró Rotger (Liberalismo.org)