miércoles, 9 de febrero de 2011

Egipto, entre una dictadura militar y una dictadura islámica

Los acontecimientos que se están produciendo en Egipto podrían interpretarse como el reflejo de un ansia de libertad y democracia por parte de una población cansada de vivir en un régimen autoritario durante decenios. Pero quizás esa interpretación no deje de ser algo superficial, por mucho que el mundo occidental desee creerla.

No puede negarse que ese deseo de libertad que hemos comentado pueda encontrarse en cierta medida, pero para entender las causas últimas y principales de los hechos que se viven en el país norteafricano, deberíamos analizar con algo de detalle su situación económica. En Egipto se ha producido durante los últimos meses un incremento del precio de los alimentos del 24%. Por otra parte, el 40,5% de sus habitantes es pobre al vivir con menos de 2 dólares diarios. Y para cerrar el círculo vicioso, la tasa de desempleo juvenil es elevada y la globalización ha traído a estos jóvenes la visión de un mundo occidental lleno de oportunidades y bienes.

En relación a incremento del precio de los alimentos, debemos tener en cuenta que productos como el pan se encuentra subsidiados para una gran parte de los habitantes de país. La reducción de estos subsidios pondría a estas personas en una situación dramática al ser incapaces de acceder a la compra de ese alimento fundamental en la dieta de cualquier familia egipcia, en especial las más pobres. Sin embrago, la situación financiera de Egipto hace cada vez más difícil mantener estos subsidios (que también se aplican a los combustibles). Ya en 2008 tuvo lugar la denominada crisis del pan al producirse un incremento en su precio:


Lo que acabamos de exponer es solamente un pieza del puzle de las revueltas en Egipto. La otra gran pieza se debería conseguir preguntándonos si es posible una transición hacia la democracia en el país, es decir si realmente es posible el establecimiento de un régimen democrático en una sociedad mayoritariamente islámica. Sin intención de juzgar en este momento los aspectos religiosos (pues al fin y al cabo, ese análisis tiene su base en la interpretación del dogma, lo que nos llevaría a un callejón sin salida), es incuestionable que las consecuencias culturales del Islam en las sociedades donde es la religión mayoritaria dejan mucho que desear. Tal como escribe Marcello Pera en su libro “Por qué debemos considerarnos cristianos (un alegato liberal)”:

“En el mundo del islam se honra muy poco el patrimonio moral de la humanidad: se respeta mal o en nada la libertad religiosa, la libertad de culto, la paridad hombre-mujer, la dignidad de la persona, la libertad matrimonial, la libertad de crítica a la religión, la tolerancia, el uso de los medios no coercitivos de convicción. No se destierra claramente la violencia, no se distingue el Corán del poder político. El Estado de la sociedad civil. Tampoco están previstas en el islam autoridades que puedan elaborar interpretaciones oficiales y vinculantes en condiciones de corregir las que violan el patrimonio de la humanidad.”

¿Es posible en una sociedad como la que hemos descrito el surgimiento y mantenimiento de una democracia liberal al estilo de occidente? Mucho me temo que es bastante improbable. En este sentido, es interesante escuchar las opiniones expresadas en la tertulia del pasado cuatro de febrero por César Vidal, Luís Herrero, José García Domínguez y Begoña Aranguren en relación a las posibles resoluciones del actual conflicto en Egipto:



Enlace relacionado:
¿Qué hay detrás del conflicto egipcio? - Gail Tverberg (Capital Bolsa)